Te miro a los ojos. Y sonrío.
Sonrío tanto. De qué, no sé. Pero sonrío mucho.
Sonrío de pensar tus ojos, porque en
realidad no los veo.
Sonrío a
la idea de verte, y tenerte en frente.
En frente y cerca, para mirarte a los
ojos.
Cuando sonrío pensando
en mirarte,
tus ojos brillan, y se achinan porque sonreís también.
Ya no te miro a los ojos.
Veo tu sonrisa, porque es de esas que te
llaman,
de las que no podes dejar de ver. De las reclaman atención.
Solo sé que miro tu boca sonreír,
y nada más me importa.
Me concentro en eso.
Ya no sonreís, no tanto.
Tu
boca es una mueca rara. Entre sonrisa y morderte el labio.
Me llama la atención tu
pecho, y lo miro
porque de repente me inquieta como respiras. Como si te
pudiera agitar la calma.
Me inquieta tu respiración,
pero más
me inquieta la calma.
Sabes lo incomodidad que me provoca el
silencio.
Tus cotillas se expanden con pesadez. Y miro tus ojos otra vez.
Les suplico que me hables, les
suplico que me toques. Pero estas como perdido.
Cerras los ojos y no los miro más.
Vuelvo a tu boca.
Ahora esta entreabierta en un suspiro inaudible. Deseo que llame mi nombre así también. En un murmullo íntimo entre los dos.
Miro tus ojos que no me ven,
tu boca que no me llama, tus manos que no
me alcanzan.
Y entonces…
entonces me acuerdo que no te estoy viendo.
Que te estoy pensando.